Perdónate

Puede que una contradicción -cuando es de palabra- no castigue, pero cuando se trata de la forma en que vivimos, no solo castiga, aniquila. Lo hace primero emocionalmente, y cuando las emociones de una persona son buenas o malas se le nota en la cara, en la forma en que mira y por supuesto en la que vive. Sentirse bien o mal se refleja y hasta determina si alguien está vivo o muerto, porque la única forma de morir no es cuando nos lanzan al hueco.

Para poder decir “yo estoy vivo” es necesario actuar conscientemente. Conscientes de las cosas que nos importan, de lo que valoramos, de por qué actuamos de una manera u otra y de qué es lo que buscamos. Estar vivo es ser consciente de mí, de lo que soy, de lo que quiero y de cómo me comporto para conseguir aquello que considero de valor; es por eso que vivir es, sin duda, es ser tú mismo. Pero sorprende la facilidad con la que las personas renuncian a ello, lo olvidan; y de repente se ven hundidos en un mundo de depresión infinita en el que parece que no hay salida.

Toman decisiones basándose en emociones efímeras; eligen llevar una vida de infelicidad interna creyendo que al exterior le demuestran que tienen una buena vida. Pero si bien vivir contradictoriamente se refleja primero en las emociones, el cuerpo no es más que una expresión de lo que está en nuestras mentes, y cuando lo que tenemos ahí está mal, se nos jode la vida. Personas que creen que el infierno está en el subsuelo mientras maldicen su día a día porque decidieron por capricho, llevados por la corriente o por presiones familiares, compartir su tiempo con alguien a quien no quieren lo suficiente y mucho menos admiran.

Extrañan lo que tuvieron o anhelan lo que aún no encuentran; este es el detonante más mortal para que la desesperación tome el control de sus decisiones y con morboso placer lo dejan fluir afirmando que nunca lo sabrán si no lo intentan. Pero una contradicción de este tipo, fuertemente castiga, y así vemos a millones de personas vagar por el mundo como completos infelices porque no pudieron mantener el control de sus propias vidas.

Porque el cielo y el infierno no están después de la muerte, están en el día a día, y si no sabes qué rayos te importa, por qué lo quieres y qué harás con eso en tu vida, no dudes que tendrás esos minutos tan miserables a los que se les llama desdicha. En cambio, si quieres conocer el paraíso, empieza practicando con mantener firme lo que piensas, lo que dices y ocúpate de que así sea como vivas. Vive conscientemente, de ti, y no contradigas con tus acciones aquello que sabes que te importa, porque nadie va a dejar de lado su propio camino para venir a alegrarte la vida

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